Sin destino 
Me desperté con el sabor agridulce de que a partir de ese día todo cambiaría. Era jueves, los gallos comenzaban su cántico en un país desolado en donde se podia oler el hambre y la miseria. La mujeres recogían el agua en un pozo para poder lavar sus desgracias, y mientras, los hombres luchaban por conseguir un trozo de carne que aliviara el dolor de los pequeños.

Me asomé a la ventana, el sol salía tímidamente por el horizonte. Sin apenas tener qué llevarme a la boca comencé a recoger mis pocas pertenencias; una foto de mi madre, una camiseta y un pasaje al país de las oportunidades. Sin mirar atrás caminé durante horas mientras mi mente vagaba por un lugar lejano, un oasis de felicidad para la vida que llevaba dentro.

Sentí miedo, quizás las cosas no salieran como yo imaginaba...

Me esperaban en un coche destartalado, a las afueras del pueblo. Intentando no pensar en lo que dejaba atrás, olvidando la tierra que me vió nacer, recorrí muchos kilómetros hasta llegar al puerto.

Las aves que volaban me decían que el camino que tenía que hacer no iba a ser nada fácil. Junto a mí se subieron en la pequeña barca treinta hombres y dos mujeres más. Sus caras reflejaban ansias de vivir.

Sentí que el motor se ponía en marcha y sin darme cuenta comenzó el viaje rumbo al futuro...

La embarcación tenía aspecto de vieja, y aún se podía sentir el olor a pescado. No había demasiado espacio, sólo unos pocos centímetros para cada uno de nosotros, de tal forma que todos quedáramos perfectamente encajados. Poco a poco comencé a sentir los músculos entumecidos, la escasez de espacio no me permitía moverme demasiado... No importaba, el mundo me había brindado otra vida y no pensaba malgastarla.

A medida que pasaban los minutos, el sol quemaba más en mi cara, el cuerpo me ardía y la sensación de sed iba en aumento. Sólo disponíamos de once litros de agua y, calculando las horas de viaje que quedaban, no serían suficientes. Tenía que abstraerme, olvidar las condiciones en las que nos encontrábamos.

Durante mucho tiempo imaginé cómo sería lo que mi pueblo llamaba la tierra de las oportunidades, quizá un paraiso donde se hacían realidad los sueños, donde el "hambre" no tenía ningún significado y donde la vida recobraba sentido. Se rumoreaba que se trataba de una tierra cosmopólita, donde los ciudadanos no eran del estado, sino ciudadanos del mundo. Yo imaginaba un lugar de libertad, una Tierra sin fronteras.

Durante todo el viaje no recuerdo oir ni una sola palabra, el silencio se hacía ensordecedor. Sólo me acompañaba el murmullo de las olas al chocar con el barco. Pasado un largo tiempo comencé a sentir que el mar se iba agitando y en apenas siete u ocho minutos, se desató una fuerte tempestad. Mi cuerpo no supo responder, el miedo invadía cada rincón de mi cerebro. Permanecí quieta mientras observaba cómo los hombres que me acompañaban luchaban para que no volcara la patera. Sus intentos fueron en vano, la embarcación volcó y todos caimos vulnerables al inmenso Mar. Recuerdo cómo la mirada de una de las mujeres se llenaba de lágrimas y mientras sus ojos se clavaban en los míos, su cuerpo se hundió en las profundidades. Mis enfuerzos no sirvieron de mucho, al intentar sumergirme para poder salvarla tragué mucha agua y perdí el conocimiento. Eso es lo último que recuerdo de mi viaje.

Desperté en la sala de un hospital. Un hombre con bata blanca se acercó a mi. Su cara me hizo presagiar que algo malo estaba ocurriendo. Jamás había sentido tanto miedo. Me habló en un idioma que yo no entendí, hizo falta la ayuda de un traductor que me trasmitiera el infierno que habían pasado los otros. De treinta hombres y dos mujeres sólo permanecimos con vida, siete hombres y yo. Mi estado era grave, sufría de hipotermia y la vida que llevaba dentro corria riesgo de morir. En ese instante el mundo se me vino encima, vi cómo todos los sueños e ilusiones se iban desvaneciendo como una flor marchita. Con la incertidumbre de no saber lo que iba a acontecer dejé pasar lo días.

Poco a poco me fui recuperando y en tres días salí del hospital.

Pasé siete meses en una casa de acogida y cuando di a luz a Haddamin me marché. Estaba sola, los ciudadanos cosmopólitas de los que me habían hablado me dieron la espalda. Busqué trabajo sin resultado, y en la desesperación por ofrecerle a mi hijo lo que yo nunca tuve, me adentré en el mundo de la prostitución.

Ahora se que, a pesar de arriesgar mi vida y seguir haciéndolo, valió la pena. Después de casi tres años, sigo ejerciendo la protitución, única via para que mi hijo pueda llevar una vida digna.

No voy a renunciar a los sueños que un día me prometieron. Tras los vestidos que me quitan cada día muchos hombres se encuentra aún una luz de esperanza. Ojalá ni el tiempo ni el espacio arranquen el brillo de esa luz.




Primer premio de narrativa. I.E.S. Pérez Galdós - Las Palmas de Gran Canaria
María del Carmen Gisbert Cabrera (mi novia ;-) )

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